Perdona pero esta foto tiene ©

Tantas cosas hemos pasado que podríamos escribir una novela…

25 febrero, 2017

Cuantas veces mira hacia el infinito y me dice; “tantas cosas hemos pasado que podríamos escribir una novela”, como si su historia tuviera algo de especial. Les ha llegado el momento en que tienen la necesidad vital de contar su historia a los cuatro vientos, de dejar huella más allá de tres vidas y cuatro nietos. Somos tres hermanas no muy bien avenidas con maneras muy distintas de pensar y actuar, pero con una cosa en común: nuestros padres, nuestro origen. Ellos crearon en su día lo que nosotros estamos creando por nuestra cuenta ahora, intentando enmendar aquellos errores que cometieron con nosotras sin darnos cuenta que nos arrepentiremos de otros tantos errores que nos reprocharán nuestros hijos mañana.

El tiempo pasa muy rápido, la melancolía se apodera de mi cuerpo y empiezo a tener recuerdos de mi infancia. Ellos siempre han vivido en planetas distintos y sin embargo han compartido un hogar, cada uno con su rol particular y hasta este momento no les había visto con el alma tan desnuda y desprotegida. “Esto es lo que nos queda” oigo decir en el susurro de los gestos de cada uno de ellos. Porque al final tras construir una vida llena de cosas materiales, de apariencias, de aptitudes engendradas, de reproches que provienen de infancias rotas, trabajos duros y familias tóxicas, han conseguido permanecer juntos, amoldarse el uno al otro, sacando a flote como han podido la belleza de esta unión, las cosas buenas y la aceptación de aquello que no ha salido como esperaban. Dicen que una imagen vale más que mil palabras y este reportaje trata de captar su esencia. De transmitir el mensaje de que cualquier tiempo pasado fue mejor pero resistieron y lucharon contra cualquier adversidad. “Nunca me han hecho un reportaje de fotos” me dijo mi madre mientras le pedía que posara. Me explicaba que el día de su boda pintaba de color blanco un pequeño patio que tenia en su casa de Granada, en un caluroso Octubre de 1973 tras batallar con su madre día y noche el que era su derecho, el de ser feliz y romper con la manutención de 7 hermanos y una infancia desdichada tras la muerte de su padre. “Mi ojito derecho” así era como la llamaba.

“Que viejos estamos” entre risas mi madre contemplaba a mi padre como nunca lo había hecho antes, como yo nunca lo había visto antes. Juntos por lo que una vez en su día les unió y a la vez condenados por la erosión del tiempo en su relación.

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